El hermano Hohmann, franciscano capuchino, ofrece una reflexión sobre el Evangelio del domingo

| 30 mayo, 2010 | Comentarios (0)

Por el Hno. Joemar  Hohmann

Franciscano Capuchino

Jn 16, 12 – 15

SANTÍSIMA  DONACIÓN

La Santísima Trinidad es la revelación más profunda del cristianismo y es su marca original. Nosotros, los cristianos, creemos en el Padre Creador, el Hijo Redentor y el Espíritu que nos santifica con su gracia.

El ser humano, por sus capacidades propias, jamás llegaría a saber esto, como nos muestra la Historia, ya que todos los pueblos, o acreditan en un solo Dios y una sola persona, o en varios dioses, cada cual “especialista”  en algo.

Sin embargo, Jesucristo retiró el velo de la intimidad de Dios, que es Amor,  que nos ha creado por amor y quiere que vivamos con Él para siempre.

Son tres Personas divinas de la misma naturaleza, pero solamente un Dios. Afirmamos que  es Uno en la Trinidad  y  Trino en la Unidad.

Comúnmente se  dice que la Santísima Trinidad es un misterio tan grande que no podemos entender: esto en parte es cierto, y en parte, es falso.

¿Qué significa, concretamente para nosotros, creer en la  Trinidad divina?

Empecemos considerando que El es nuestro Creador, y por lo tanto, somos sus criaturas. Es decir, hablamos de personas, muy distintas por supuesto, pero de personas, en fin. Cuidemos, entonces,  de una moda moderna  que insiste en nuestra armonización  con una dicha  “energía cósmica”: quitar el carácter personal es empobrecer dramáticamente la relación.

Dios en si mismo es una familia, pues son tres Personas, donde reina una total donación entre ellos;  una apertura infinita, donde uno se entrega sin reservas y sabe recibir la donación del otro.

Dios no es soledad,  no es indiferencia y tampoco hay egoísmo en sus  vínculos.

Y el libro del Génesis sostiene que el hombre y la mujer fueron creados a la “imagen y semejanza”  de Dios, pero de este Dios Trino y Uno.  Así, la vocación primera del ser humano es la vocación a amar a Dios y al semejante. Cada vez que uno manifiesta egoísmo y maldad, además del mal al otro, se destruye a si mismo, pues destruye su propia naturaleza.

Otra consecuencia para nuestra vida es la unidad de la familia. Entendamos, en primer lugar, la familia que es marido, mujer e hijos, que deben poner toda carne al asador para mantenerse unidos.

Sin embargo, también está la unidad de la familia humana, de los justos  intercambios comerciales entre los países.

Además, quien está en la gracia del Señor es templo del Espíritu Santo,  y de esta manera, nunca tendría que sentirse solitario o deprimido, pero siempre entusiasmado con los regalos de esta entrañable compañía.

Paz y bien.

hnojoemar@gmail.com

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